Para
el ciudadano común los asuntos políticos son secundarios en comparación con sus
asuntos privados, sumado a que dispone de una información relativamente
limitada y deformada por la propaganda oficial implacable.
Los
cruceños y las cruceñas vivimos una época de gran desconfianza colectiva y un
escepticismo generalizado donde fluye libremente la sensación de que nuestros
partidos, (o el resto de ellos) y líderes políticos son ineficientes y
corruptos por igual.
Existe una profunda necesidad de ideas
no convencionales sobre la economía, el papel de los partidos políticos, el
rol del liderazgo, la organización del Estado, los Derechos ciudadanos, el
centralismo secante, el rumbo de las Autonomías departamentales y acerca del
porvenir oscuro sin un proyecto nacional alternativo.
Finalmente
nos sentimos confusos y hasta desinteresados ante la complejidad de los problemas,
y buscamos las respuestas en nuestros dirigentes, cuando no confiamos en la
creencia mágica de que todo tendrá solución, más temprano que tarde, por causas
de la inviabilidad de un gobierno asentado sobre un proyecto político, social y
económico comprobadamente fracasado (Cuba, URSS).
Sin
embargo, persiste la convicción de que las soluciones no pasan por las
chambonadas dictatoriales de Evo, ni la demagogia que trazara nuestra reciente
historia política y nos condujera mansamente a aceptar la validez de una
versión mesiánica, populista, paternalista y decantadamente perversa de la
democracia nominal.
El ciudadano de Santa Cruz espera las
propuestas claras y auténticas de un liderazgo con una visión realista del
desarrollo y que confíe en las capacidades mentales de los bolivianos comunes;
y cada vez con mayor urgencia, acusa las falencias de un liderazgo carente de
ideas y demanda un liderazgo democrático que crea verdaderamente en la libertad.
Todo
liderazgo precisa de una clara memoria colectiva que le relacione con el pasado
para avanzar en una dirección concreta.
Pero
la nebulosa memoria colectiva cruceña nos hace deambular entre los
multitudinarios Cabildos y los mitos
populistas que dominan la cultura política nacional. Nuestra memoria de corto
plazo transita alocadamente entre liderazgo y caudillismo como si fueran la
misma cosa.
En los últimos cincuenta años Santa Cruz
se ha transformado de manera simultánea en tantos campos y con tal rapidez, que
a quienes nacimos en la aldea polvorienta de mitad del siglo pasado nos resulta
difícil asimilar la extraordinaria magnitud del cambio o interpretar
adecuadamente los aspectos positivos.
Si examinamos la Historia a más largo
plazo, nuestros más recientes caudillos, Andrés Ibáñez o Melchor Pinto, fueron
los portavoces de causas colectivas y no de proyectos personalistas. Ibáñez de un Federalismo muy
diferente al que originó la lucha de las oligarquías de la plata y del estaño y
que condujera a la Guerra Federal; Pinto reivindicador del 11% de regalías
petroleras para todos los Departamentos del país. Desde Santa Cruz se levantaron
las demandas por la Autonomía Municipal, la elección directa de Gobernadores
(antes Prefectos), más que como gestas caudillistas, cual luchas colectivas y
mandatos institucionales.
Esta
historia también contiene la impronta manipuladora y de corto plazo de la
mitolo-gía política nacional que privilegia el caudillismo personal y el
centralismo de Estado, bastante extendida entre nuestros sectores dirigentes
(Nuestros representantes declaraban a voces la democracia, pero no la
practicaban en el seno de sus organizaciones políticas. Llenaban las testeras
de los Cabildos que proclamaban la Autonomía, pero pedían el visto bueno al
caudillo en La Paz, para nombrar al Vista de Aduanas de Puerto Suárez).
En
un país cuyo 60% de ingresos dependen del sector extractivo minero e hidrocarburífero,
nuestra gente lidera la producción industrial y de alimentos. Nuestro Departamento
encabeza la cobertura de servicios en electricidad y agua potable y hasta hace
poco tiempo, las tasas de Desarrollo Humano nacional. Hay liderazgo en cultura
y en economía. Hemos probado nuestra capacidad innovadora (poseemos uno de los
más reconocidos hatos ganaderos de alta genética del mundo) y pasamos, en corto
tiempo, de comer yuca y charque, a ser la fuente de alimentos de Bolivia.
Todo
ello bajo la aceptación consciente de que los cambios verdaderamente
importantes dependen de numerosas voluntades, cada una actuando también en
defensa de su propio interés.
Más
de uno de los lectores argumentaran que no es suficiente el liderazgo
empresarial y que la aparente parálisis del liderazgo cruceño se debe a su
falta de habilidad para dirigir el
curso de los eventos fuera de la esfera económica. Es cierto, tanto, como
probadamente no ha sido suficiente el caudillismo que nos ha anclado
históricamente como uno de los países con menor desarrollo relativo en el
mundo.
En
la dificultad de asimilar la extraordinaria magnitud del cambio ocurrido en la
sociedad cruceña olvidamos que los problemas sensibilizan políticamente a
los ciudadanos y abren espacios para los líderes con sentido de realidad. Santa
Cruz y el país necesitan un proyecto unificador y sustentable, con dirección
política de largo plazo y que no cimiente sus presupuestos en milagrosas
intervenciones caudillistas, pero que no prescinda del liderazgo necesario.
¿Queremos
un líder o buscamos un caudillo?
Es poco probable que desde Santa Cruz pueda
surgir un Isidoro Belzú, un Mariano Melgarejo, un Victor Paz Estenssoro o un
Evo Morales. Los taumaturgos políticos, quienes conducen a las multitudes como
borregos, no son parte de nuestra historia, forjada entre sudores y soles,
entre trabajo y esfuerzo; más que entre olores de pólvora o discursos
encendidos.
Cuidado que nuestras demandas por
liderazgo no estén centradas en recrear al monstruo de Frankenstein.
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