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Santa Cruz de la Sierra, Santa Cruz, Bolivia
Las actuales generaciones de bolivianas y bolivianos tienen ante sí la responsabilidad histórica de combatir la pobreza y corregir las injusticias sociales y económicas que nos legaron casi dos siglos de demagogia populista,desde la fundación de la República. No pueden consumir sus energías en el aprendizaje estúpido de vivir en dictaduras, sean éstas de izquierdas, derechas, indígenas, campesinas o cualquiera que secuestre las libertades ciudadanas con disfraces democráticos.

miércoles, 15 de agosto de 2012

APUNTES SOBRE EL LIDERAZGO CRUCEÑO


Para el ciudadano común los asuntos políticos son secundarios en comparación con sus asuntos privados, sumado a que dispone de una información relativamente limitada y deformada por la propaganda oficial implacable. 

Los cruceños y las cruceñas vivimos una época de gran desconfianza colectiva y un escepticismo generalizado donde fluye libremente la sensación de que nuestros partidos, (o el resto de ellos) y líderes políticos son ineficientes y corruptos por igual. 

Existe una profunda necesidad de ideas no convencionales sobre la economía, el papel de los partidos políticos, el rol del liderazgo, la organización del Estado, los Derechos ciudadanos, el centralismo secante, el rumbo de las Autonomías departamentales y acerca del porvenir oscuro sin un proyecto nacional alternativo. 

Finalmente nos sentimos confusos y hasta desinteresados ante la complejidad de los problemas, y buscamos las respuestas en nuestros dirigentes, cuando no confiamos en la creencia mágica de que todo tendrá solución, más temprano que tarde, por causas de la inviabilidad de un gobierno asentado sobre un proyecto político, social y económico comprobadamente fracasado (Cuba, URSS).  

Sin embargo, persiste la convicción de que las soluciones no pasan por las chambonadas dictatoriales de Evo, ni la demagogia que trazara nuestra reciente historia política y nos condujera mansamente a aceptar la validez de una versión mesiánica, populista, paternalista y decantadamente perversa de la democracia nominal. 
 
El ciudadano de Santa Cruz espera las propuestas claras y auténticas de un liderazgo con una visión realista del desarrollo y que confíe en las capacidades mentales de los bolivianos comunes; y cada vez con mayor urgencia, acusa las falencias de un liderazgo carente de ideas y demanda un liderazgo democrático que crea verdaderamente en la libertad. 

Todo liderazgo precisa de una clara memoria colectiva que le relacione con el pasado para avanzar en una dirección concreta. 

Pero la nebulosa memoria colectiva cruceña nos hace deambular entre los multitudinarios Cabildos y  los mitos populistas que dominan la cultura política nacional. Nuestra memoria de corto plazo transita alocadamente entre liderazgo y caudillismo como si fueran la misma cosa. 

En los últimos cincuenta años Santa Cruz se ha transformado de manera simultánea en tantos campos y con tal rapidez, que a quienes nacimos en la aldea polvorienta de mitad del siglo pasado nos resulta difícil asimilar la extraordinaria magnitud del cambio o interpretar adecuadamente los aspectos positivos. 

Si examinamos la Historia a más largo plazo, nuestros más recientes caudillos, Andrés Ibáñez o Melchor Pinto, fueron los portavoces de causas colectivas y no de proyectos personalistas. Ibáñez de un Federalismo muy diferente al que originó la lucha de las oligarquías de la plata y del estaño y que condujera a la Guerra Federal; Pinto reivindicador del 11% de regalías petroleras para todos los Departamentos del país. Desde Santa Cruz se levantaron las demandas por la Autonomía Municipal, la elección directa de Gobernadores (antes Prefectos), más que como gestas caudillistas, cual luchas colectivas y mandatos institucionales. 

Esta historia también contiene la impronta manipuladora y de corto plazo de la mitolo-gía política nacional que privilegia el caudillismo personal y el centralismo de Estado, bastante extendida entre nuestros sectores dirigentes (Nuestros representantes declaraban a voces la democracia, pero no la practicaban en el seno de sus organizaciones políticas. Llenaban las testeras de los Cabildos que proclamaban la Autonomía, pero pedían el visto bueno al caudillo en La Paz, para nombrar al Vista de Aduanas de Puerto Suárez).  

En un país cuyo 60% de ingresos dependen del sector extractivo minero e hidrocarburífero, nuestra gente lidera la producción industrial y de alimentos. Nuestro Departamento encabeza la cobertura de servicios en electricidad y agua potable y hasta hace poco tiempo, las tasas de Desarrollo Humano nacional. Hay liderazgo en cultura y en economía. Hemos probado nuestra capacidad innovadora (poseemos uno de los más reconocidos hatos ganaderos de alta genética del mundo) y pasamos, en corto tiempo, de comer yuca y charque, a ser la fuente de alimentos de Bolivia. 

Todo ello bajo la aceptación consciente de que los cambios verdaderamente importantes dependen de numerosas voluntades, cada una actuando también en defensa de su propio interés.

Más de uno de los lectores argumentaran que no es suficiente el liderazgo empresarial y que la aparente parálisis del liderazgo cruceño se debe a su falta de habilidad para dirigir el curso de los eventos fuera de la esfera económica. Es cierto, tanto, como probadamente no ha sido suficiente el caudillismo que nos ha anclado históricamente como uno de los países con menor desarrollo relativo en el mundo.

En la dificultad de asimilar la extraordinaria magnitud del cambio ocurrido en la sociedad cruceña olvidamos que los problemas sensibilizan políticamente a los ciudadanos y abren espacios para los líderes con sentido de realidad. Santa Cruz y el país necesitan un proyecto unificador y sustentable, con dirección política de largo plazo y que no cimiente sus presupuestos en milagrosas intervenciones caudillistas, pero que no prescinda del liderazgo necesario. 

¿Queremos un líder o buscamos un caudillo?

Es poco probable que desde Santa Cruz pueda surgir un Isidoro Belzú, un Mariano Melgarejo, un Victor Paz Estenssoro o un Evo Morales. Los taumaturgos políticos, quienes conducen a las multitudes como borregos, no son parte de nuestra historia, forjada entre sudores y soles, entre trabajo y esfuerzo; más que entre olores de pólvora o discursos encendidos.

Cuidado que nuestras demandas por liderazgo no estén centradas en recrear al monstruo de Frankenstein.

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