Democracia entre olvidos y engaños
Pocos políticos han tenido la
claridad de conocer los efectos del engaño como
Abraham Lincoln, quien decía: “Se puede engañar a todo el mundo algún
tiempo. Se puede engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a
todo el mundo todo el tiempo.”…” A menos que te falle la memoria…” pudo
agregar.
En este mundo globalizado los efectos
del engaño suelen tener ribetes supranacionales. De allí la necesidad de tomar
en cuenta los paralelismos en la historia de nuestra América, vapuleada por el
populismo demagógico al que recurren alternativamente las “izquierdas” y las
“derechas” sin rubor alguno.
“El pueblo nunca se equivoca” expresó Rafael Antonio Caldera
Rodríguez al aceptar su apoteósica derrota frente a Jaime Lusinchi, en 1983 y tras
haber cabalgado una candidatura bajo la premisa de las encuestas que lo
reportaban como “el más inteligente, el mejor estadista, el más honrado, el más
capaz, etc.” Los venezolanos habían elegido al corpulento médico de perenne
sonrisa cuyo gobierno discurrió signado por la inopia, la inflación galopante y
la corrupción. La democracia clientelar parecía haber tocado fondo y necesitaba
un cambio de timón. Cumplido su mandato y también por voluntad popular,
Lusinchi heredaría el poder nada más y nada menos que en su copartidario Carlos
Andrés Pérez, quien venía precedido de la “Venezuela saudita” de 1974-1979 y
tras librarse de un juicio de
responsabilidades - acusado de corrupción por el caso de la compra fraudulenta
de un barco pesquero (Sierra Nevada)- merced al voto salvador del entonces
parlamentario “izquierdista” José Vicente Rangel (posteriormente Ministro de
Relaciones Exteriores, Ministro de la Defensa y Vicepresidente de Hugo Chávez
en su primer período).
Pues bien, el pueblo se engañó y tanto,
que el segundo mandato de Pérez se inició con el famoso “caracazo” y un saldo aproximado
de 2.000 personas desaparecidas durante el 27 y 28 de febrero de 1989. Poco después, el 4 de febrero de 1992, hubo un
intento de golpe de Estado comandado por oficiales medios de las FF.AA., entre
ellos Hugo Chávez. Pérez tuvo que enfrentarse a una segunda intentona el 27 de
noviembre del mismo año, durante la cual los golpistas llegaron a bombardear
algunos edificios públicos; y finalmente dejó la Presidencia por decisión del
Congreso para enfrentar un juicio de responsabilidades y guardar detención
domiciliaria.
En Ecuador, Abdala Bucarán, émulo de
“Los Iracundos”, sufrió el intempestivo arrepentimiento de sus electores y
debió salir con las tablas sobre la cabeza. En el Perú, los incaicos escogieron
a Fujimori y dejaron en descampado a Mario Vargas Llosa, quien retornó a las
letras para ganar el Premio Nobel de Literatura. Recordemos también la fugaz
incursión de Collor de Melo (1990-1992) en Brasil.
Muerto el caudillo Juan Domingo
Perón, le sucedió su viuda como vicepresidenta en ejercicio, en 1974. Pareja
que había sido escogida por los argentinos frente a Ricardo Balbín, moderado
candidato de la Unión Radical. La aventura matrimonial terminó con las
dictaduras militares de Videla, Galtiery (1976) y la conocida “guerra sucia”.
Después optaron por el tanguero y futbolista Menem. Hoy, la Argentina de Héctor
Kirchner pareciera seguir la misma ruta desastrosa con la cada vez más cuestionada
Cristina Fernández, sucesora electoral de su difunto esposo.
Lo asombroso de todo esto es que
pasado los sofocones, las sociedades parecieran volver a un estado de candidez
virginal y en aprestos para iniciar un nuevo ciclo, pues engaño y olvido
siempre van de la mano. Desde ese “olvido” generalizado se critica cualquier
desliz de la democracia y se ponderan las “vivezas” de quienes se hacen del
poder para usarlo a su antojo. Curiosa cultura.
En este marco ¿Qué enseñanzas nos
deja la reciente experiencia electoral venezolana?
Tirios y troyanos, testigos de oído,
aceptaron como un axioma que la democracia se reduce al acto de votación. Se
olvidaron del ventajismo que hizo de los ingresos de PDVSA, una “caja chica” al
servicio de la candidatura chavista; que se utilizó impúdicamente el aparato
del Estado, incluidas la presión hacia los medios de comunicación, las
“cadenas” audiovisuales interminables de Chávez, la intimidación a la
ciudadanía, y otros artificios.
Durante los días de las elecciones
venezolanas escuché en Radio Panamericana al serio y juicioso Víctor Hugo
Cárdenas, junto con el otrora Delegado Presidencial para la Asamblea
Constituyente, Ricardo Paz, y al inefable Carlos Romero, quienes opinaban al
respecto cual si de una democracia perfecta se tratara. ¡No era más que
confirmar las encuestas! El foro giró en torno a la economía nacional y los
“olvidos” se fueron haciendo más patentes. Cuando se tocó la producción y a la
economía nacional bolivianas, los tres “olvidaron” -como en mutuo acuerdo- los
embates del gobierno contra el único sector productivo que no depende de la
actividad extractiva y como por arte de magia, las constantes prohibiciones y
los cupos de exportación de maíz, arroz, azúcar, soya, carne; el intento de
cerrar la zona Franca de Puerto Suárez, parecían haberse borrado de la mente de
los disertantes.
Por supuesto que ya se han “olvidado”
de la forma en que se amplió la vigencia de los constituyentistas (el
Presidente de la H. Cámara de Senadores se servía una taza de café en la
Vicepresidencia de la República); la aprobación violenta e inmoral del texto de
la nueva C. P. E.; la toma del Órgano electoral; la asombrosa celeridad que permitió
el registro de cédulas de identidad clonadas en el Padrón Biométrico; los
traslados de votantes; el rechazo ciudadano a las elecciones de Magistrados con
el voto “nulo” para evitar la instrumentalización de la Justicia, y el ahora desembozado
intento de re-reelección de Evo Morales.
¿Cuál fiesta democrática? ¿Mirar
impávidos el festín del Corregidor?
En Venezuela no ganó la democracia
secuestrada por el caudillo; ni ganaron los venezolanos a quienes amenaza un
estado de situación peor que los últimos catorce años de dictadura disfrazada
que dilapidó más de setecientos mil millones de petrodólares. Los venezolanos
se volvieron a equivocar. No ganó la paz, una guerra sin cuartel con decenas de
muertos se inicia y cierra cada noche en sus principales ciudades. Tampoco ganó
“la justicia social” que reparte bonos destinados a los camisas rojas afines al
régimen, pues el resto de la población -sin fuentes de trabajo dado que la
empresa privada hace tiempo que tomó las de Villadiego- guarda la esperanza de
engrosar las nóminas del Estado Empleador.
Capriles Radonski logró sin embargo, visibilizar el descontento y dotó de un
rostro identificable a toda la oposición y no a una sumatoria de átomos
políticos. Y eso ya es mucho cuando
tal meta se alcanzó luchando contra un aparato político que maneja recursos
públicos como si fueran propios. Conseguir
que esta oposición ahora visible y numéricamente importante se convierta en
contra poder, es el segundo paso. Vienen las elecciones para Alcaldes y
Gobernadores en diciembre de este año y en 2016 las elecciones parlamentarias.
Domésticamente y aprendida la lección,
la oposición beniana hace esfuerzos en unificarse para enfrentar a la Miss del
gobierno. Juan del Granado, claramente
ansioso por volver al redil masista con peso electoral propio, y en intento velado por mostrar con ello la
lealtad a su antiguo socio Evo Morales, juega a que se olviden sus periplos
en el gonismo de la capitalización; el cuoteo de la partidocracia y la ruptura
calculada con sus antiguos aliados. El Sin Miedo, ahora pretende restarle impacto a la candidatura unitaria por la
Gobernación de Beni, no sin dejar un mensaje cifrado a las logias paceñas
de que tales decisiones deben tomarse en La Paz.
Las leyes de la Historia no eximen a
Chávez de correr con la suerte de Carlos Andrés Pérez, dados su enfermedad, la lucha
interna por la Vicepresidencia, la excesiva dependencia de la renta petrolera,
la dilapidación ostentosa de los recursos públicos, la inseguridad ciudadana y
otros males que aquejan su desgobierno. Venezuela no está libre de los
“Bolívares” que cada cierto tiempo irrumpen en su escenario político: Guzmán
Blanco, Juan Vicente Gómez, Marcos Evangelista Pérez Jiménez, Carlos Andrés Pérez
y ahora Hugo Rafael Chávez Frías.
“La primera vez que me engañes será
culpa tuya. La segunda vez, la culpa será mía”, dice un antiguo proverbio árabe.
Aquí en nuestro patio, seguimos “olvidando”,
mientras varios Evos Morales esperan su turno para “engañarnos”.
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