Pero el intento no funcionó. Al cabo
de unos meses, el «inventor» acudió desconsolado ante (Napoleón) Bonaparte, ya
Primer Cónsul, y le dijo:
– ¿Lo creeréis, señor? Mi religión
es preciosa, pero no arraiga entre el pueblo.
Respondió Bonaparte:
–Ciudadano colega, ¿tenéis
seriamente la intención de hacer la competencia a Jesucristo? No hay más que un
medio; haced lo que Él hizo: que os crucifiquen un viernes, y tratad de
resucitar el domingo siguiente. (A. Hillaire, "La religión
demostrada").”
Una vez más el Canciller Choquehuanca retorna de sus
periplos por el mundo tratando de convencer que la hoja de coca sirve para
alimentar infantes. Al parecer, nuestro Canciller no se ha enterado que la
Organización Mundial de la Salud es quien elabora las listas de sustancias
prohibidas que contiene la Convención Única de Naciones Unidas Sobre Estupefacientes
de 1961, enmendada por el protocolo de Nueva York, en 1972, y -también a
recomendación de la OMS- dicha Convención establece que el uso y cultivo de la
coca deberían desaparecer una vez cumplidos los 25 años de su vigencia (el
Estado Plurinacional se retiró con las intenciones de volver desde fojas cero).
¡Cómo nos alegraríamos los bolivianos si tales
esfuerzos diplomáticos estuvieran dirigidos a promover mercados para la soya,
el maíz, el azúcar, la carne y otros productos sujetos ahora a permanentes
cortapisas! Sin embargo, la construcción de la mitología oficial trata de
convencer a propios y extraños que Bolivia nació con la subida al poder de Evo
Morales y la savia que irriga las venas del Estado Plurinacional está hecha de “bico”
y coca.
Tras su “revolcón histórico” en El Alto, Carlos Mesa
se dejó arrancar el “cato por familia” y ahora, los hijos de quienes bloqueaban
al país inmisericordemente reclaman su propia parcela. El gobierno gasta
millonarias cifras en promover los logros de la erradicación; oculta la
extensión de las áreas resembradas simultáneamente, y pasa por alto una superficie
tres veces mayor a las 12.000 hectáreas contempladas en la ley 1008. Los
cocales han invadido los Parques Naturales Carrasco e Isibóro Sécure;
devastaron casi completamente la Reserva Forestal El Chore; incursionaron en el
Parque Amboró y se ampliaron hacia Yapacaní y zonas aledañas. Entretanto, un
estudio para establecer la demanda real de la masticación de la hoja de coca
duerme desde mediados de 2002, acunada y ahora protegida por la Nueva C.P.E. (Plurinacional): "SECCIÓN II. COCA. Art. 384: El Estado protege a la coca originaria y
ancestral como patrimonio cultural,
recurso natural renovable de la biodiversidad de Bolivia y como factor de
cohesión social; en su estado natural no es estupefaciente…".
¿A qué viene todo este preámbulo?
La Convención Única de
Naciones Unidas Sobre Estupefacientes define en su Artículo 1º: “e) Por “arbusto
de coca” se entiende la planta de cualesquiera especies del género Erythroxilon
f) Por “hoja de coca” se entiende la hoja del arbusto de coca, salvo las hojas
de las que se haya extraído toda la ecgonina, la cocaína o cualesquiera otros
alcaloides de ecgonina”.
Pese a quien pese, la hoja de coca es materia prima insustituible de la cocaína y ésta, fuente del narcotráfico que
sume de miseria y muerte a millones de hogares y seres humanos en el mundo y -a
pesar del texto constitucional- en el Chapare, Yungas y los territorios invadido
por los cocales no se producen hojas de coca “de las que se haya extraído toda
la ecgonina, la cocaína o cualesquiera otros alcaloides de ecgonina”.
Ante tal abundancia, la industria del
narcotráfico se frota las manos.
Brasil,
en puertas a la realización del Mundial de Fútbol de 2014 y posteriores Juegos
Olímpicos de 2016, ha puesto el acelerador para combatir el flujo de cocaína
desde Bolivia hacia las favelas de Rio de Janeiro, San Pablo y los territorios
vecinos a la frontera gestionados por grandes inversionistas que mejoran el
rendimiento de la materia prima; sofistican su transporte; convierten el
sulfato base en clorhidrato; inyectan capitales de operación; administran y reclutan
personal y desarrollan líneas internacionales de exportación, a despecho de los
Ministros bolivianos quienes juran y perjuran que los cárteles internacionales
no existen en territorio nacional.
El gigante amazónico, apurado por la inseguridad
ciudadana que amenaza con echar al traste sus esfuerzos deportivos, ofrece cada
vez más perentoriamente, su apoyo para combatir el narcotráfico mientras
observa incómodo que en los “laboratorios” de San Julián, San Germán o Yapacaní
sólo aparecen dos o tres despistados “masca- coca” cuyos cerebros embotados
apenas recuerdan sus propios nombres.
¡De los cárteles, jefes y peces gordos, ni una
huella y el Chapare no se toca!
En
cambio, se ensayan estentóreas incursiones en los colegios y escuelas para
“descubrir” las redes del microtráfico que tiene sus tentáculos desplegados en
todo un entramaje de distribuidores que se topan codo a codo con los “investigadores”.
¿Y las escuelas rurales? ¿Quién protege a niños y jóvenes, vecinos de los
nuevos propietarios de tierras donde se instalan laboratorios de
cristalización?
Frente
a las instalaciones de la Gobernación de Santa Cruz, una señora canasta en mano
reparte clefa y pitillos a vista y paciencia de los transeúntes. Cerca a cada
boliche se venden sobrecitos de diversos precios. En Santa Cruz de la Sierra, individuos con acento
vallenato recorren el Tercero, Cuarto y Quinto Anillos para realizar los cobros
y engrosar el flujo de cocadólares en la gran lavadora de dinero del contrabando
y el comercio informal también constituido por los mercados populares. La
industria de la construcción del Chapare crece a pasos gigantescos; en las
calles de sus pequeñas poblaciones circulan vehículos de lujo, y asoman antenas
parabólicas de los techos sin que tal bonanza tenga correlato con alguna
producción industrial, agrícola o de servicios que explique el “boom” del
“nuevorriquismo”.
A estas alturas muchos sospechan que los brasileños
están a un tris de intervenir directamente
en los operativos de interdicción, instalar sus propios sistemas de
inteligencia e investigación, garantizar la probidad de jueces y fiscales
antidrogas, e invertir recursos económicos para mejorar los sueldos de los funcionarios
policiales y judiciales bolivianos ¿alguna semejanza con el pasado?
Entretanto,
el gobierno, fiel a los diseños políticos de su “ruta crítica” persiste en acabar
con la economía del país que proporciona la mayor cantidad de empleos formales
(Santa Cruz), para dar paso un Estado Empleador que secuestre los estómagos
ciudadanos con “bonos por votos” en los años electorales que se avecinan. ¿Alcanzará
la renta del gas? ¿Habrá otra industria capaz de cubrir las demandas del
Socialismo del Siglo XXI que en el caso venezolano lleva consumidos más de
setecientos mil millones de dólares?
En
lo económico, el gobierno tiene proyectadas en El Chapare, zona cocalera, una
planta de urea (abono usado en la agricultura), una fábrica de papel y cartón,
una industria láctea, un aeropuerto internacional y una carretera (TIPNIS) que
le unirá con la frontera brasileña atravesando el dos veces protegido
Territorio Indígena y Parque Natural.
Cosas veredes, Sancho. Ahora nos regalan la Ley de
la Madre Tierra cuyo Artículo 7. (DERECHOS DE LA MADRE TIERRA) dice textualmente: I. La Madre
Tierra tiene los siguientes derechos: 2. A la diversidad de la vida: Es
el derecho a la preservación de la diferenciación y la variedad de los seres
que componen la Madre Tierra, sin ser
alterados genéticamente ni modificados en su estructura de manera artificial…”
Así, la nueva ley -un instrumento más para restar competitividad a la
agroindustria cruceña- echa por la borda las esperanzas de que, las hojas de
coca, manipulación genética de por medio, puedan ser producidas según estipula
la Convención Única de Naciones Unidas sobre Estupefacientes: “de las que se haya extraído toda la
ecgonina, la cocaína o cualesquiera otros alcaloides de ecgonina”, y de
paso para cumplir con lo proclamado por la C.P.E.: ”en su estado natural no es estupefaciente…”.
El mundo
debe conocer que los bolivianos y bolivianas estamos tan o más confundidos que
quienes leen estas señales contradictorias; que somos víctimas -hasta ahora
silenciosos- del narcotráfico que parece campearse en medio de una sociedad
cómplice. Las redes sociales están todavía abiertas a todos. Expresemos nuestra
repulsa mientras sea posible y si alguien se siente “insultado” porque no
estamos de acuerdo con el narcotráfico, esperemos que sean sólo aquellos cuyos
intereses se vean afectados. Los encargados de combatirlo, que se hagan eco
de lo que recomienda Bonaparte a Reveillère Lépaux.
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