El mito del caudillo
contemporáneo se sustenta en la propaganda incesante acompañada de una
verborrea mesiánica desplegada sobre el tinglado de “realidades virtuales” montadas
a medida para suplantar la información veraz y evitar la confrontación con la
“realidad real”. Recibe el sacrificio de sus venerantes que no acumulan méritos
propios en aras a la exaltación del objeto de culto cuya simbología teológica
se debe alimentar constantemente para medrar de ella.
“Quiso
Dios formar de salvajes un gran imperio y creó a Manco Cápac; pecó su raza y
lanzó a Pizarro. Después de tres siglos de explotación ha tenido piedad de la
América y, os ha enviado a vos. Sois pues, el hombre de un designio
providencial”, decía el boliviano José Domingo Choquehuanca en su conocida
“Oración de Pucará” en honor a Simón Bolívar, una muestra de las raíces profundas de
nuestra cultura política caudillista que ha perdurado hasta nuestros días a
través de los siglos.
El 8 de marzo, Elías Jaua, nuevo Canciller de
la República Bolivariana de Venezuela, afirmó que el vicepresidente Nicolás Maduro
debía asumir el cargo de Presidente cuando la falta absoluta se produzca
mientras el primer mandatario está en funciones. Obviamente un contrasentido
dada la muerte física de Hugo Chávez. Pero Jaua hacía eco a la decisión del
Tribunal Supremo Electoral –en contraposición al art.233 de la Constitución
Política- de aprobar la participación de Maduro en las elecciones -previstas
también por la CPE- ostentando el doble papel de “Presidente Encargado” y candidato
del oficialismo en ejercicio. El flamante Canciller argumentó entonces que
Chávez "tenía 14 años mandando", lo que constituía una continuidad
automática del período presidencial.
Esto equivale a la aceptación
tácita de que Chávez es inmortal -pretensión última de todos los caudillos- y
la antesala para reducir el proceso electoral a una mera jornada plebiscitaria
que aproveche al máximo la ola de sensibilidad provocada por la planificada
orquestación de la enfermedad, padecimientos y muerte de Hugo Chávez. Cumplido
esto, el objeto de culto ya no importaba. Para propios y extraños Chávez está
por encima del bien y del mal que reina en el mundo de los mortales. Es
inconmovible, e inútil. El nuevo mito será la “revolución bolivariana” ante
quien nadie podrá oponerse sin recibir el merecido castigo por delitos de lesa patria.
Pero, de ganar las elecciones Nicolás
Maduro –como es previsible- las realidades “reales” configuradas por las
ambiciones de quienes se consideran herederos del mito surgirán implacables sobre
el proyecto continuista del “Socialismo del Siglo XXI”. Diosdado Cabello, un ex militar que acompañó
al caudillo en la intentona golpista de 1992, cultor de la línea nacionalista
opuesta a la injerencia cubana y quien ve diluirse la oportunidad de dirigir el
país al menos por un mes -según lo dicta la Constitución- no se mantendrá eternamente
tranquilo sin mover fichas a su favor. Desde el petrolero Estado Zulia,
Francisco Javier Arias Cárdenas, otro compañero de armas y de aventuras
golpistas, espera su oportunidad de saltar al estrado de los delfines. Adán
Chávez, hermano mayor de Hugo, reclama su “hijuela” alentado porque el primer
acto gubernativo del “Presidente encargado” consistió en designar a Jorge
Arreaza –hijo político de Hugo Chávez- como vicepresidente de la República, en
línea de una “familia real” con prerrogativas de sucesión hereditaria.
Otros desafíos para Maduro serán
convencer a los venezolanos de que los desastres de la economía provienen
exclusivamente de acciones contrarrevolucionarias opositoras y no de la gestión
manirrota del Comandante; enfrentar al 45% del electorado que apoya a Capriles;
y capear las crecientes demandas de la población que ve diluirse sus aspiraciones
de gozar la bonanza petrolera que nunca le alcanzó. Todo en medio de la presión
militar divida entre los que se resisten a la injerencia cubana -que a estas
alturas ha conformado su propio espacio de acción autónoma para no perder los
100.000 barriles diarios de petróleo y el flujo de recursos financieros que
oxigenan la economía de su revolución- y los que siguen a pie juntillas el
proyecto chavista tutelado por los isleños.
Si la balanza electoral se inclina
por Capriles, éste deberá sortear un Parlamento adverso, los mismos problemas
económicos y la presión social que se extenderá hasta las calles.
Días oscuros se avecinan por el Norte
del Sur de nuestra América. No se vislumbra viabilidad para una revolución sin
Chávez, con petrodólares menguados y con los Castro tratando de dar respiración
artificial a su propia revolución moribunda. Tampoco asoma con nitidez una
gobernanza sin el chavismo. Esperemos el nacimiento de un nuevo intento de
convivencia pacífica como lo fuera alguna vez el añejo “Pacto de Punto Fijo”.
Hasta que surja otro mitómano regalando espejitos.
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