Marcel Fortuna Biato, nombrado Embajador durante el
gobierno de Lula da Silva, ha sido recientemente removido de su cargo como
representante de la República Federativa
del Brasil en Bolivia. A esta remoción le precedieron su protagonismo en el
tratamiento consular de la suerte de los hinchas brasileños acusados como responsables de una muerte en el Estadio de
Oruro (actualmente liberados), las reiteradas -y cada vez más perentorias- “invitaciones”
brasileñas hechas a Bolkivia para combatir el narcotráfico a lo largo y ancho de la extensa frontera
común entre ambos países, y el bullado asilo político
otorgado al Senador Róger Pinto.
Según versiones del diario "Valor Económico" de
Brasil, el gobierno de ese país habría decidido cambiar al Embajador en virtud
a su “insatisfactorio” desempeño en el caso del Senador Pinto, y los
prolegómenos en torno al traslado del legislador a territorio
brasileño.
En Bolivia y casi de inmediato, los opositores apreciaron
el hecho como un resultado de las presiones bolivianas, que tal y como reseñan algunos medios, tendrían su punto
de inflexión en las declaraciones de la Ministra de Comunicación, Amanda Dávila -quien había
calificado al ahora ex Embajador como “un portavoz político de (Roger) Pinto”-
y la Presidenta
del Senado de Bolivia, Gabriela Montaño, quien le “pidió” no hacer de la Embajada de Brasil un “refugio
de delincuentes comunes”.
El gobierno boliviano, al tiempo de negar públicamente haber presionado al Brasil, se frota las manos en la intimidad, habida cuenta de su
aparente capacidad para “doblegar” a la potencia regional, y la oposición -con
sus opiniones- fortalece la idea de que Bolivia es poco menos que el “mandamás”
de la región. Buen discurso para una època de campaña electoral en el marco de la "dignidad" y "soberanía" del Estado Plurinacional.
Más de uno recordó también la “hazaña” de Evo Morales
quien en su momento expulsó al Embajador de los EE.UU. Philip Goldberg,
Nadie parece reparar en que la posición del ex Embajador
Biato en relación al asilo político al Senador Pinto no es otra que la posición oficial del gobierno brasileño, que los
cambios en el cuerpo consular son un acto normal de rotación que en la mayoría
de los casos se realiza cada dos o tres años, y que la política exterior de
Itamaraty será cumplida por cualquiera que ocupe el lugar del Embajador
saliente. Mucho más si el supuesto contrincante es una Cancillería (la boliviana) compuesta por más del 80% de personal sin carrera en el campo diplomático.
En este escenario, bien puede ser que Biato
haya sido “sacrificado” –aunque parece negarlo su promoción como Embajador en
Estocolmo, Suecia- en aras de un objetivo mayor: la necesidad de establecer
acuerdos confiables para frenar el narcotráfico hacia Brasil desde territorio
boliviano, y sin por ello renunciar a las leyes internacionales del asilo político
que defienden los brasileños.
Bolivia se convierte en vecino incómodo que parece poseer
una férrea vocación de mediterraneidad política en tiempos de integración y
globalización. No deja muchos espacios para la negociación ni las agendas
bilaterales o multilaterales. Un país escasamente poblado, considerado de alto
riesgo para la inversión externa, poseedor de un pequeñísimo mercado interno y una
economía –la más pequeña de la región- extremadamente dependiente de los
precios internacionales del gas y los minerales, cual "guapo de barrio", ya tiene pleitos pendientes
con la mayoría de sus vecinos: con Chile por un puerto hacia el Pacífico, y
ahora con Brasil por el caso del Senador Pinto.
Curiosamente el común denominador de los problemas
bolivianos con los países limítrofes, sin excepción, (Chile, Paraguay, Perú,
Argentina y Brasil) es precisamente el tráfico de drogas. Sin embargo, y ejerciendo alardes de soberbia disfrazada
de “dignidad” el gobierno boliviano logró la expulsión de la DEA , y la NAS norteamericanas. Ambos, cuerpos especializados e Instrumentos reconocidos mundialmente como indispensables para la lucha contra las drogas.
Algunos se preguntan si detrás de todo esto existe la
defensa velada de algún interés oculto, al igual que si detrás de la beligerancia
con Brasil, el pretexto para demorar lo más posible una agenda común anti-narcotráfico.
Claro, eso desde afuera, porque internamente nos creemos el cuento de Superman
y el Hombre Araña y que somos capaces de doblarle la cerviz a cualquier
contrincante.
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