Asistimos casi incrédulos a la
llamada “primavera árabe” que echara al traste rancias dictaduras como las de Omar
Gadafi en Libia y Mubarak en Egipto. Una lucha sin cuartel se libra en Siria;
la inconformidad gana las calles de Turquia, Grecia, Portugal y cruza el océano
para llegar a Chile, Paraguay, Costa Rica y Brasil.
Sobre esta ola de descontentos, se
han ensayado diversos análisis entre los que resaltan aquellos que atribuyen el
movimiento a las clases medias y los sectores empresariales quienes –
supuestamente temerosos de perder su condición de tales- interpelan a los
Estados para no perder sus privilegios.
Pocos reconocen las señales de crisis
del populismo y una irrupción contra los mitos que penalizan la
economía de mercado en favor del capitalismo de Estado. El populismo promueve
los modelos rentistas
sobre la idea de que el Estado posee recursos suficientes para lograrlo todo
y a corto plazo con la
inyección de dinero público; repartiendo bonos y canongías sin exigir nada
a cambio; amén de obras y programas que no obedecen a planes de desarrolllo
social sostenible, sino a la búsqueda de dividendos políticos sin criterios de competitividad y costos
de mercado.
Las clases medias y los sectores
empresariales no surgen por efecto de bonificaciones estatales. Se desarrollan
a lo largo del tiempo, superando dificultades y acumulando no sólo recursos
económicos y financieros para la reinversión, sino también experiencias. Las clases
medias y empresariales que emergen de una sociedad respetuosa de un mercado
descentralizado con seguridad jurídica y reglas claras que permitan una tasa de
ganancia que premie el esfuerzo creativo, no necesitan de los favores del
Estado, ni “indignarse” por los cambios o avatares políticos hacia las
“izquierdas” o las “derechas”.
El Estado
sí debe garantizar el acceso de los individuos a las oportunidades, recursos y
servicios que otorgan la Ciencia, la Tecnología y la Cultura de la vida moderna
para que puedan superarse por sí mismos. Debe permitir a los ciudadanos la
libertad de construir instituciones fuertes –respetando el marco político, económico, jurídico,
y educativo- que impidan a los gobernantes causar daños irreparables a la sociedad
en el ejercicio de sus funciones.
Las
enormes diferencias entre las sociedades cuyos “indignados” protagonizan esta ola de descontentos indican que la
situación no proviene únicamente de demandas individuales o sectoriales. La disponibilidad
de información irrestricta circulando en las redes sociales, al alcance de
todos, ha permitido que, ora por asociación comparativa, ora por reflexión, la
ciudadanía advierta claramente las consecuencias funestas del populismo que asume como
instrumentos el asistencialismo y el “bonismo” rentista.
Ya no puede ocultarse que la
Venezuela chavista de los petrodólares languidece por insuficiencia de
recursos; la Cuba revolucionaria no se alimenta con las peroratas
antiimperialistas; Nicaragua no puede vivir sin las dádivas venezolanas;
Ecuador basa su sistema financiero en el dólar norteamericano y los mercados capitalistas; en Brasil está aún fresco el
“mensalâo” de los amigos cercanos a Lula, y a todos sin excepción -de una u
otra forma- el populismo les está pasando factura. Una realidad que compara el
discurso con la acción y los resultados de ésta.
La otrora “mala memoria” de los
pueblos es ahora compensada por la información.
Una sociedad mejor informada es una sociedad más cuestionadora. Algo que
varios regímenes de gobierno parecen haber previsto, habida cuenta de que han
identificado a la libertad de expresión e información como sus principales enemigos
y adversarios.
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